Convendrán conmigo en que trabajar es una actividad humana muy curiosa. Todas las personas lo hacen y  todas se quejan de ello en algún momento de su jornada laboral. Cuando mi jefe del Proyecto REdES se acerca a mí cargado de un montón de carpetas, viene a mi memoria, curiosamente, que la palabra “trabajo” proviene del latino “tripaliare“, torturar.

Las personas que trabajan pueden quejarse de que tienen un montón de trabajo, de los horarios, de problemas con el jefe o los compañeros. Y sin embargo, ninguno de ellos deja nunca de cumplir con la función que conlleva ese trabajo. Podemos pensar, “claro, necesitan dinero“. Y es verdad, una de las recompensas esenciales del desempeño de un trabajo es la autonomía económica, lo que siempre se ha conocido como “ganarse la vida“. Pero esta no es la única motivación para realizar un trabajo, hay muchas otras. Quizá una de las más importantes es la sensación de utilidad que aporta a la persona el desempeño de su trabajo. Y al contrario, uno de los mayores problemas que puede tener una persona es la sensación de inutilidad.  Las personas que pierden su empleo y están “paradas” o “en el paro” comienzan a sentirse muy mal, llenos de preocupaciones, angustiados; se sienten inútiles, de alguna forma excluidos, desplazados del grupo.

Para enfrentar las consecuencias de mi trastorno, hubo quien me apoyó para orientar mi vida hacia el trabajo. Ello me alejaría para siempre de mi papel de enfermo. Mi querida madre hubiera preferido mantenerme a salvo, guardarme y protegerme contra el más mínimo contratiempo. Pero pronto comprendió que el desempeño de un trabajo era quizá la forma más eficaz  de dinamizar mi vida, resguardarla de los efectos de la enfermedad y dotarla de sentido.

De mañana no pasa que escribo sobre el prejuicio.

Notas:

Vídeo: “Horas de trabajo”. Acceso a versión subtitulada

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