Por las mañana, temprano, Madrid estira los brazos, extiende sus calles y avenidas y lanza al aire un creciente rumor de tráfico y tumulto; por las mañanas, Madrid se despereza.
Mientras camino hacia el Proyecto REDES voy dejando a mi paso un reguero de pensamientos vagabundos. Voy a lo mío, embargado por la agradable sensación de formar parte de una escena que se repite todos los días. En las aceras cada viandante también parece ir a lo suyo. Algunos, los menos, caminan de forma lenta y pausada. Tal vez paseen. Muchos, en cambio, caminan apresurados, casi tropezando con los otros. Probablemente tienen prisa porque llegan tarde a trabajar. Algunos conversan dando voces a través de su móvil. Otros aguardan impacientes durante el semáforo en rojo y, súbitamente, inician su marcha a toda velocidad cuando la luz se pone en verde. Una señora carga con las bolsas de la compra. Un joven escucha música con sus cascos mientras camina hacia el colegio. Tiene el gesto serio y concentrado; quizá tenga hoy algún examen. Al otro lado de la calle, un taxista, muy enfadado, protesta al policía que lo acaba de multar… Cada una de esas escenas parece trivial, y sin embargo, componen el pulso cotidiano de la vida en cualquier ciudad del mundo. Para cada uno de esos ciudadanos, estos momentos aparentemente insignificantes suponen algo esencial: vivir en la comunidad, en la ciudad, en el mundo.
Es allí cuando, confundido entre la gente, la corriente del río de la vida me lleva; es allí donde al cruzar una esquina vuelvo a ser un tipo cualquiera; es allí donde la esquizofrenia no es más que un nombre lúgubre y trabado, es allí donde la enfermedad pierde mi rastro, me abandona, me olvida. Y es allí donde yo me olvido de ella.
Notas:
Acceso a versión subtitulada del vídeo “Mirando a Cristina”
Vídeo: “Mirando a Cristina”
[youtube]http://www.youtube.com/watch?v=I_vZMZ8Oo_s[/youtube]

