Por las mañanas inicio una secuencia que se repite cada día: abro la puerta de la oficina, la cierro luego con el pasador; de camino a la ventana, enciendo el ordenador y dejo mis papeles sobre la mesa; cuando está a punto de abordarme una sensación rutinaria y gris, tiro de la cinta de la persiana. Y es en ese momento cuando los rayos del sol penetran en la habitación formando luces y sombras caprichosas e imprevistas. El mundo cambia todos los días.

Quería escribir hoy sobre Rosa, mi compañera de trabajo en el Proyecto REDES. No tengo idea de cómo se habrá propagado entre mis amigos el rumor de que estoy colgado por ella. Quizá el amor no pueda disimularse. La conocí en mi primer día de trabajo. Me asombraba que aquella mujer que dominaba la informática y enseñaba con paciencia a sus compañeros, aquella mujer que parecía afrontar todas las situaciones con una sonrisa, aquella mujer, además, guapísima, tuviera el mismo diagnóstico que yo. Rosa supuso desde el principio un modelo: si ella había conseguido su recuperación, también yo podría intentarlo.

Pasaron los días y fui conociéndola mejor. Aunque disfrutaba cuando estaba con ella, también lo hacía cuando a solas evocaba su voz, sus palabras, sus gestos. Definitivamente, estaba colgado por Rosa. Por las noches, tratando de conciliar el sueño, ya no me hundía en tétricos pensamientos sobre mi mismo, sobre el futuro incierto, sobre mi enfermedad; ahora pensaba en ella, en la mañana siguiente en que volvería a verla. Sin apenas reparar en ello, dejaba de ser yo mismo el único y solo habitante de mi vida, que se abría ahora como una ventana luminosa hacia el mundo de los otros. El amor es terapéutico.

¡Hombre! Llamada de mi amigo Javi. Mañana les veo.

(ACCESO  A VERSIÓN SUBTITULADA DEL VIDEO ”El mundo cambia todos los días“.)

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