La rehabilitación laboral me devolvió a la vida activa, a los hábitos de trabajo que tuve que adiestrar en los talleres laborales del centro; también me entrenó en mi relación con los demás, los otros. Mis compañeros eran gente en mi misma situación, que se esforzaba por retomar el pulso de sus vidas. La rehabilitación laboral me trajo, también, a Rosa, mi amor secreto, de la que, por cierto, hace cuarenta y ocho horas y veintisiete minutos que no sé nada.

Entre mis compañeros de taller, mi preferida fue siempre Rosa. Me asombraba que ella, tan sonriente, tan capaz, tuviera mi misma enfermedad. Mis primeros pasos en informática fueron gracias a ella, que me enseñaba con mucha paciencia. Al principio me resultaba lioso el asunto de las ventanas que se abren y cierran en la pantalla como si guiñaran un ojo.

Sin apenas advertirlo, mi vida fue recobrando sentido. Los avances en mi aprendizaje me estimulaban, me hacían pensar que yo era algo más que un enfermo. Y Rosa, con sus ojos oceánicos, suponía también una referencia positiva. Si ella era capaz de superar sus dificultades… Yo también podía intentarlo. Así que luché denodadamente contra mis miedos… En el Centro me recomendaron que me matriculara en un curso de Diseño en una Academia, donde estaría rodeado de alumnos normales. Mis miedos volvieron: ¿se darían cuenta mis compañeros de mi enfermedad? ¿Qué pasaría si ellos se enteraran de mi diagnóstico? ¿Me llamarían loco? Tuve la tentación de caer en una suerte de autocompasión que casi me hizo llorar. Y de pronto me acordé de Rosa, de sus logros, de su lucha contra la esquizofrenia, palabra que es sólo un diagnóstico, una herramienta médica que poco o nada dice de ella, mi amor secreto. Así que, me matriculé esa misma mañana.

Música recomedada para la lectura de este post: Sol en Invierno, Hilario Camacho
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