Al oír mi diagnóstico usted quizá haya sentido sudor frío, hormigueo en las extremidades, visión borrosa, leve mareo, deseo súbito de emprender la huida. Calma… La vía inferior de su cerebro desencadena una respuesta ansiosa ante una palabra que percibe como amenaza.
No me culpe a mí, culpe al suizo Bleuler, que invento la palabra “esquizofrenia” en 1911. Ya ha llovido. Mi trastorno no fue nunca bien acogido. Las antiguas civilizaciones interpretaban las enfermedades mentales como posesiones demoníacas, que combatían con procedimientos mágicos y exorcismos. Los griegos y romanos, y antes los egipcios, aplicaron unos remedios más sensatos, atribuyendo el origen a causas naturales. Medioevo y Renacimiento fueron tiempos difíciles para la gente como yo, pues la tortura física era considerada un tratamiento para apaciguar las almas.
Ya en el siglo XVII, por ocultar la miseria a ojos absolutistas, me hubiera yo visto abocado al encierro junto a mendigos y demás gente errabunda. Tras los aires revolucionarios e ilustrados, habría dado con mis huesos en el manicomio, horrible palabreja; al menos, aunque muy enfermo e incurable, el encierro me distinguía del general vagabundaje. Nada amenazaba tanto el imperio de la Razón como, precisamente, la locura: El manicomio protegía, sobre todo, a los que vivían fuera de sus muros, a salvo de la impredecibilidad y anomalía de mis hermanos, ay, los perturbados.
A empellones, dando tumbos a lo largo de la historia, mi papel sólo emprendería el camino de la dignidad con los movimientos sociales igualitarios acaecidos después de la Segunda Guerra Mundial; anteayer, como quien dice. Y como anuncio de una vaga esperanza, Delay, Deniker, y otros, en 1952, descubrieron el efecto de la clorpromazina, el primer medicamento eficaz para lo mío.
(Música recomendada para lectura de este post: Vendaval (Manaia)

