Una de las condiciones básicas de cualquier servicio de atención a las personas con discapacidad ha de ser el respeto. Toda persona tiene el máximo valor por sí misma por el mero hecho de ser persona. Las personas en situación de dependencia tienen derecho al respeto a la diferencia y al de su propia dignidad, cualquiera que sea el estado en que se encuentren. Por eso los valores éticos han de estar siempre presentes en los cuidados e intervenciones profesionales. La práctica profesional debe contemplar la privacidad, la intimidad, y el respeto a la libertad personal.
Uno de los mayores errores que se suelen cometer con las personas con discapacidad es el de restarles posibilidades de desarrollo, de evolución, de modificación de su situación actual, e incluso la negación de todas las capacidades. Por eso es imprescindible tener total confianza en las potencialidades latentes de cada una de las personas, por grave que pueda ser su discapacidad.
