
Hacía bastante frío aquella tarde de invierno en la Unidad Móvil. Ya empezaba a oscurecer, cuando del grupo de mujeres destacó una voz:
“Pero ¿cómo no vamos a estaros agradecidas si sois las únicas personas que nos tratáis como seres humanos y no como escoria?”
Era Mónica la que hablaba, mientras las demás asentían. Mónica… o quizás Violeta, o Estefanía, o Vanesa… o cualquier otro de los muchos nombres supuestos que utilizan en su trabajo. Eso no importa ahora. Lo que sí importa es recordar la expresión de su sonrisa. Porque -más allá de sus desenfadados gestos profesionales- estas mujeres sonríen muy poco. Tienen muy pocas razones para sonreír. Viven en un permanente estado de terror: terror a la deportación, al maltrato de los clientes, a que les roben los cuatro cuartos que han ganado en una tarde, a que sus hijos conozcan su doble vida, al contagio, a los insultos, a la repulsa… Terror a sentirse excluidas del seno de una sociedad hipócrita que las utiliza para sus fines espurios y las desprecia luego.
Cuando hace cerca de dos años, me incorporé al proyecto de Médicos del Mundo para trabajar con personas en situación de exclusión social, no sabía muy bien lo que yo podía aportar al programa. La primera noche me costó conciliar el sueño. Sus rostros desfilaban ante mí con una fuerza abrumadora. Algunos eran muy jóvenes. Otros no tanto. Pero en casi todos se leía la misma expresión de desamparo, de resignación ante una situación desesperanzada.
Pero aquella fría noche, nuestra caravana se llenó de pronto de calor y de luz. Habíamos logrado hacerlas sonreír.
En mi desvelo, sentía ganas de gritarles: “Hay otra forma vida. Luchad por ella. ¡No os resignéis a quedaros ahí!” Pero esta reflexión se volvió más profunda. “Sí, -me dije- es fácil para ti pensar así. Tú, que has tenido la suerte de nacer a este lado de la raya. Tú, que has recibido una buena educación, una formación cualificada, una profesión productiva. Pero ¿qué hubiera sido de ti de haber nacido al otro lado? ¿Y qué mérito has hecho tú para que las cosas hayan sucedido así y no de otra manera?
El tiempo ha ido pasando y yo he intentado ponerme en su piel, sentir lo que ellas sienten. Hoy sé que al menos puedo lograr que sonrían, aunque sólo sea por unos instantes.
Gracias, Mónica, por recompensarme con la luz cálida y hermosa de tu sonrisa sincera.
Carmen López
Voluntaria de Médicos del Mundo-Madrid
