Un día cualquiera. Por las ventanas de la unidad móvil se divisa la actividad de las calles del polígono. Parece la Gran Via. Aparecen coches, muchos coches, ocupados por hombres en busca de sexo. Paran, trasiegan. Se van. Unas veces de vacío, otras con una mujer. Para practicar sexo.

Muchas mujeres que ejercen prostitución son amas de casa, con hijos, a veces con nietos, que tienen que recurrir a la prostitución para sobrevivir en España. Muchas están sin sus parejas. Sin familia. Solas. Haciendo frente a todo.

Haciendo frente a la tragedia de no poder trabajar en otra actividad porque no tienen tarjeta de residencia. Haciendo frente a las minutas de los abogados para la obtención de los papeles de residencia. Haciendo frente a las deudas que han contraído para venir desde sus países. Haciendo frente a los mafiosos que las explotan. Haciendo frente a los clientes que les imponen los precios de los servicios. Haciendo frente a los clientes que les quieren imponer sexo inseguro, sin preservativos. Haciendo frente a su propia supervivencia y la de los suyos…

Y para todo eso, están solas. Y son admirables. Porque demuestran una potencia y una capacidad fuera de lo común para hacer frente a una vida tan dura y de tanto riesgo.

Por eso vamos al polígono, para estar ahí, acompañarlas en sus dudas y preocupaciones. Para proporcionarles las herramientas necesarias para reducir los riesgos que entraña el ejercicio de la prostitución. Algo que sólo podemos hacer poniéndonos en su lugar. Para que no estén solas.

Elena Ron, voluntaria de Médicos del Mundo