Primera crónica de mi viaje a Santo Tomé y Príncipe en septiembre de 2010.
Por Yolanda Calvo, enfermera

Niños en Santo Tomé y PríncipeSiempre me había hecho ilusión viajar a África. Era el viaje soñado y deseaba su llegada como los niños esperan la Navidad. No es que hubiera soñado con ir a Santo Tomé, si tengo que ser sincera, debí ubicarlo en el mapa para tener conciencia exacta de sus coordenadas geográficas, pero siempre me atrajeron la selva, los paisajes vírgenes y verdes del trópico y, aunque Tanzania o Kenia, incluso el Congo, eran mis países de referencia, cuando supe que iba a una pequeña isla situada en el golfo de Guinea en la línea del Ecuador me sentí igual de satisfecha.

Para empezar, quiero decir que el viaje transcurrió sin problemas, excepto el agotamiento final intenso, el trastorno de una noche sin dormir y dos horas de cambio horario. Llegamos en hora, algo que realmente me sorprendió después de tres aviones, cuatro aeropuertos y varias horas muertas de espera.

Otra cosa fue pasar la aduana, o la frontera, o lo que fuera que pasamos. Una fila inmensa con todo el pasaje se agolpó delante de una única puerta, mientras nos torrábamos al sol de las seis de la mañana y veíamos las maletas circular por la única cinta que hay y caerse continuamente, mientras nadie se hacía responsable y nos miraban de reojo. Al final yo llegué bien y la maleta sólo un poco rota, sin candado y sin enganche. No está nada mal, hay que reconocerlo.

El “portuñol”
Llegamos a casa en la furgoneta de la “Asociación Nacional de Enfermeiras y Parteiras” (ANEP) en dos turnos y nos recibió la señora de la casa, Isabel, enfermera pediátrica y directora del hospital, así se presentó. Muy amable. Hablando “portuñol” algo que todos hemos conseguido identificar bien y entender sin dificultad.

Vivimos doce personas en la misma casa, con dos baños. Comemos bien, aunque pronto nos cansaremos de la repetición de comida diaria -muchos estarían encantados de tener la variedad y la calidad que hemos tenido-. La vida transcurre sin prisa, parte por el calor, parte por la inercia del país que vive “leve leve”, lo que quiere decir sin prisa, más o menos.

Llegamos en viernes, así que tenemos todo el fin de semana por delante, afortunadamente, para ponernos al día, conocer la ciudad y la gente, y a nosotras mismas. El sábado nos vamos de excursión por la ciudad para ver los sitios emblemáticos y las zonas interesantes -como los bares, restaurantes, cibers…- Las calles, las plazas, el mercado… Y el domingo a conocer la zona del Parque Nacional de OBO. Resulta que el lunes es la Fiesta Nacional y tampoco se trabaja -hay desfiles militares, sólo del ejército de tierra porque, pese a ser una isla, no tienen aviación ni tampoco barcos de guerra-.

La gente es amable, educada y simpática. No les gusta que les fotografíen y se enfadan mucho si lo hacemos sin permiso. Los niños son monísimos y las mamás los llevan atados a la espalda todo el día hasta que tienen unos dos años. Pegados a ellas. Se ve mucha pobreza, pocos recursos, poca higiene y muchas sonrisas. Los niños se divierten con rudimentarios juguetes, y se hacen mayores muy rápido. La mayoría se visten raídos y sin zapatos y algunos tienen las caras tristes, pero se les ilumina una sonrisa si les sonríes o si les hablas y si les das una chuche… aparecen por arte de magia varios corriendo y te miran con ojos suplicantes.