Cooperación enfermera en Santo Tomé y PríncipeTercera crónica de mi viaje a Santo Tomé y Príncipe en julio de 2010.
Por Raquel Gutiérrez, enfermera

A pesar de todo, siempre dimos con personas naturales del país y extranjeros que aún eran capaces de trabajar por y para Sano Tomé, bien formadas, educando a la sociedad, a pesar de las dificultades, en higiene, alimentación, salud, formación académica, entre otras, y que de forma voluntaria o remunerada luchaban a contracorriente con una fuerte sociedad de supervivientes, una comunidad convergente que se desarrolla entre el animismo, algo de brujería, uso de plantas medicinales y un cristianismo poco compatible con la cultura machista bien arraigada en las familias “multiparentales” que habitan esta tierra paradisíaca, envidiada por sus playas rocosas de agua transparente, por la eterna generosidad de sus plantas tropicales, por el maravilloso mundo submarino de corales y peces de colores, coronado por los juegos acrobáticos de ballenas, delfines y tortugas… un vergel abandonado a su suerte… a la mala suerte que trae el contacto mal comprendido y gestionado con el mundo “desarrollado”.

Y para suavizar el sabor de Kwá-kwá y el Kalulú aderezado con ardiente malagueta, los últimos días pasados en la Escuela de Diogo Vaz nos abrieron un pequeño rayo de luz a la esperanza. La labor de Nora, en nombre de la cooperación española, nos mostró un antiguo hospital de una Roça de Cacao convertido en una escuela de artes y oficios que preparaba a los alumnos voluntarios para un nuevo futuro. Un acogedor hogar para cualquiera que así lo deseara, con los inconvenientes técnicos y humanos del ritmo leve de Sano Tomé, pero con aires de ilusión, de cambio y de renovación.

Los lugares turísticos que visitamos fueron pequeños lujos que chocaban con gran contraste en la vida habitual del país, con mucho encanto, pero con tintes de beneficio privado. Esta escuela era distinta, nos brindó la posibilidad de compartir y probar con nuestras manos el trabajo que se hacía para mejorar el futuro de los jóvenes, del propio país y las ganas de participar más activamente en ello.

La despedida que nos dieron nuestros responsables en el hospital fue excelente, muy emotiva, con cena típica y baile (no podía faltar) en casa de la enfermera Alter, con el característico esfuerzo por agradar (bien conseguido) y por continuar ese “intercambio cultural” que nos comprometía.

Como siempre, la maleta de vuelta iba casi vacía de material, pero el corazón y el recuerdo cargado hasta los topes de experiencias, situaciones imposibles que formaban parte de la cotidianidad del país, el alma encogida por tener que despedirse de esas exigentes sonrisas de niños que corrían descalzos con los pies cubiertos por el polvo rojizo de la carretera, con la sensación de querer dar más de lo que pudimos, con ganas de gritar frente a frente a la injusticia, y agradecer a los más implicados el trabajo que llevan a cabo.

El aroma del cacao y el café se impregna en la memoria, intenso y dulce al final del proceso, pero con el primer sabor amargo de no comprender por qué se lucha por la independencia de un país maravilloso, para dejarlo morir lentamente al no poder controlar los peligrosos pasos de un gobierno ajeno a su pueblo, interesado, que incluso hace dudar de la efectividad del beneficio que se les ofrece con el trabajo de la cooperación.

Desaparece un tipo de horrible esclavitud, de dependencia política, pero se crean continuamente tantos otros, en todas las distintas culturas y formas de vida, que merece la pena pararse un momento, conocer y denunciar con voz crítica nuestros errores, para así poder corregirlos y evitar que se repitan una y otra vez en toda la humanidad.

Antes de terminar, quiero agradecer a los responsables de nuestra visita en Santo Tomé, que hicieron todo lo posible porque nos sintiéramos como en casa, y a los responsables de FUDEN, por darnos esta oportunidad de conocer nuevas culturas, de alimentar las ganas de un cambio, de creer que otro mundo es posible.