Primera crónica de mi viaje a Santo Tomé y Príncipe en julio de 2010.
Por Raquel Gutiérrez, enfermera
Tras doce interminables horas de sed, inquietud y agotamiento, únicamente alimentadas por la ilusión, el enorme avión de la compañía TAP nos desembarca en una pequeña explanada asfaltada y el rebaño multicolor de personas se dirige a un modesto edificio de hormigón rotulado “Aeropuerto Internacional de Santo Tomé”. A nuestra izquierda, el océano. A la derecha, el anhelado pico de Santo Tomé, hoy de madrugada, con su cima despejada. Tímidas sonrisas de alivio. “¡Al fin hemos llegado!”. Comienza la experiencia de encontrar un nuevo mundo, donde otro ritmo es posible.
Escalonadamente, vamos dándonos cuenta de la dificultad de comunicación con nuestro país de origen. No hay cobertura en el móvil, internet es tan lento como el proceso de desarrollo… Estamos sumergidos en la cultura del “leve-leve” de esta isla tropical.
Nos recibe, misteriosa y amable, la enfermera responsable Alter, con su conductor que nos presenta a pinceladas la actitud del hombre santotomense, que puede conseguir sin contratiempos la compañía de la mujer que desee… durante el tiempo que él desee.
Nos alojamos en casa de la siempre hospitalaria enfermera jefa Isabel. Una preciosa estancia con plantas típicas (rosa de porcelana, shá, pico de papagaio…) sembradas en el jardín, y desde lo alto del comedor nos regala unas humildes vistas al mar. Se nos antoja encantadora, aunque poco a poco van apareciendo las supuestas incomodidades, que así llamamos por tener una referencia “europea”.
El primer contacto con el mercado principal de la capital nos sorprende. Buscamos ropa para una compañera que no recibió su maleta facturada, y algo de comida típica como bienvenida: la fascinante fruta Jaca, que parece un bombón vegetal.
El Hospital de Santo Tomé
La vida transcurre a ritmo de Bulaê, aunque rápido a nuestros oídos, bailado tan lento y apretado que apenas deja respirar. Y así, nos presentan nuestro objetivo primordial: el Hospital Ayres de Menezes.
Dicen nuestros mayores que la salud es lo primero. Nos puede parecer un pilar universal, pero… descubrimos que cuando un dirigente enferma sin remedio de avaricia y corrupción, y su único alivio sintomático es recaudar más y más dinero para su disfrute particular, será muy poco probable que su pueblo salga adelante, que goce de este derecho fundamental, pues esa primera necesidad no va a estar cubierta a pesar de los esfuerzos ajenos, y la escasa historia del país, aún en etapa adolescente, no ha madurado la capacidad de revelarse y trabajar juntos hacia un objetivo común, hacia un bien social… quizá bajo los efectos de la reciente protección portuguesa.
Encontramos un gran hospital y los fósiles de su buena organización, su estructura bien pensada y su organización desordenada tras el abandono acaecido después de la in-dependencia.
Un hospital jerárquico, como lo es la sociedad santotomesa, y algo deshumanizado. Las miradas de muchos enfermeros no buscan la conexión con el desalentado paciente. Aparentemente, ya no se dejan la piel en su trabajo… Probablemente están despellejados por la falta de apoyo económico y por algo que nos parece impensable: continuar su trabajo sin material básico como guantes y otros fungibles, medicamentos, y, lo más sorprendente, ¡sin agua!
Se trata del Hospital Central y, con estas deficiencias, sigue funcionando gracias a mujeres que cada día cargan sobre sus cabezas litros de agua para ir “tirando” con la jornada. Se busca la manera de mantener la mínima higiene precisa dentro de sus viejas paredes, para continuar con las intervenciones quirúrgicas, los numerosos partos, las curas de las heridas infectadas, los tratamientos incompletos por la carencia de la medicación necesaria prescrita… Es admirable cómo cada día se enfrenta una enfermera a doce horas de trabajo en estas condiciones. Y nosotros nos preguntamos ¿dónde quedan todas esas ayudas que se reciben de la cooperación internacional?