Dianova trabaja en España con adultos con problemas de adicciones y con menores que presentan dificultades de maduración personal y adaptación social. Muchos de estos menores son adolescentes inmigrantes no acompañados, adolescentes que han vivido situaciones duras y de grave riesgo para llegar a España.
Hoy nos gustaría compartir con todos vosotros una historia que le ocurrió a uno de estos menores en uno de los centros de Dianova en España. La historia fue reescrita en clave de cuento por la directora del centro, y compartida con todos los trabajadores de la organización a través del boletín interno.
Es una historia de solidaridad, de compañerismo y de como en los momentos más duros es cuando más necesitamos un hombro sobre el que apoyarnos y una mano que tire de nosotros, sin importar el orígen y la situación personal de esa persona:
Había una vez, una tierra no muy lejana, en la que muchos niños no tenían los mismos derechos fundamentales que los que habían nacido en el país. Algunos tenían que trabajar desde muy pequeños para ayudar a sus familias y otros, los más valientes, siendo aún menores, se despedían de sus familias llenos de miedo y temor y se embarcaban en un viaje a un lugar en el que esperaban poder ir a la escuela y tener un trabajo digno al ser mayores.
Cuando llegaban a este país la primera persona que conocían era la sociedad, que estaba siempre muy ocupada en cargar una bolsa llena de cosas duras y rígidas (intolerancia, racismo, prejuicios, miedos…), les daba la espalda sin darse cuenta de que se diferenciaban muy poco de los niños nativos, y que todos actuaban y sentían de forma similar.
Un grupo de estos niños llegó a una casa grande y algo antigua y se quedó durante un tiempo a vivir, ahorrando en una hucha casi todo el dinero que les daban las personas de la casa, para poder enviarlo a sus familias o para tener unos ahorros cuando fueran mayores y ya no pudieran vivir allí.
Uno de ellos había sufrido tanto antes de llegar, que su mente comenzó a mentirle y le hacía ver y oír cosas que no existían. Los demás niños se reían de él y lo llamaban “el loco”. Un buen día, este niño recibió un mensaje que le decía que su madre había muerto y se puso tan triste que comenzó a llorar… y llorar y llorar sin parar… tanto que los demás niños lo oyeron.
Cuando supieron lo que le había ocurrido, hicieron que el silencio ocupara toda la casa y cogieron al “loco” por los hombros y le dieron fuertes abrazos. Luego, lo acompañaron a una sala, en la que estuvieron mucho tiempo sin hablar.
Las personas que los habían acogido no daban crédito a lo que veían porque la sociedad se había ocupado de hacerles creer que lo que ella pensaba era verdad. Pero más asombrados se sintieron cuando uno a uno, todos los niños se fueron acercando con su hucha en la mano para pedirles que la rompieran y enviaran todo el dinero que tenían a la familia del nuevo huérfano. Una vez que las personas mayores hicieron lo que le pedían, los niños volvieron a la sala y permanecieron allí varios días acompañando al que ahora no importaba que fuera o no “el loco”.
Toda esta historia parece un cuento para niños pero… ¿creéis que realmente lo es? ¿También a vosotros os ha hecho la sociedad pensar como ella hasta el punto de creer que esta historia no es real? Solo deciros que las personas que cuidaban de estos niños aún se preguntan cuántos de los niños de su país hubieran actuado así en una situación parecida, o si ellos mismos lo hubieran hecho cuando eran niños…
