Hoy José está confuso ¿es mayor?, ¿viejo?, ¿anciano?… Pero ¿cómo se siente, joven o mayor? ¿decaído o vital? ¿enfermo o sano? ¿activo o pasivo?
Por la mañana, cuando se levantó y puso la radio escuchó:
- “Un anciano de 58 años…”
¡Hala!, pensó, si este hombre con 58 años es considerado como un anciano, yo que tengo 65, ¿qué soy?, ¿y mi madre con 93?.
Más adelante en la tienda, cuando una mujer protestaba porque le parecía que había subido mucho el precio del pan, la dependienta dijo:
- “¡Es que todos los mayores sois iguales!”
Y, al final, esto debía ser cierto, porque estaban todos allí esperando, y aun con la misma edad que esta señora, apoyaban a la dependienta en que todos los “viejos” eran unos gruñones.
El día se complicaba, y lo que le quedó para rematarlo fue escuchar a su hija decirle:
- “Te estás haciendo viejo, no te enteras de nada”
Pero esto le sirvió para comenzar a reflexionar sobre la imagen que se tiene sobre los mayores en la sociedad. Desde luego, una cosa tenía muy clara, y es que NO todos los mayores son iguales.
Cada persona tiene sus propias experiencias vitales que le van haciendo diferente de los demás; además de recibir una formación académica y una educación en el hogar, vivimos situaciones muy variadas, en distintos lugares y con distintas personas que nos van diferenciando poco a poco de los demás, haciéndonos únicos.
Aunque José es consciente de que durante la vejez el cuerpo va sufriendo una serie de cambios que pueden llevar a padecer problemas de salud o a cambios cognitivos, no es cierto que la vejez esté asociada a la enfermedad, a la dependencia o a la pérdida de memoria. Teniendo en cuenta que sólo el 25% de nuestra forma de envejecer se debe a la genética y el 75% restante se debe a lo que la persona hace, siente y piensa, debemos postularnos como gestores de nuestro propio envejeciemiento: cuidando nuestro cuerpo, ejercitando nuestras funciones cognitivas, relacionándonos con nuestro entorno y participando activamente en la sociedad.
El problema es que no sólo los “otros”, la “sociedad” o los “jóvenes” son los que tienen percepciones negativas sobre la vejez, sino que somos nosotros mismos los que aceptamos y hacemos reales estos mitos y estereotipos negativos, provocando que en muchas ocasiones ante la aparición de cambios en nuestro cuerpo (cansancio al subir unas escaleras, arrugas, dolores en espalda o piernas…) o nuestro estado cognitivo (algunos olvidos, lentitud de pensamiento…), que pueden ser debidos al cansancio, a esfuerzos puntuales en el ritmo vital o a los cambios normales en el desarrollo, se asuman como síntomas de envejecimiento, que no tienen solución y no hagamos nada para solventarlos (ejercicio físico y mental, descanso, buena alimentación,etc.), convirtiéndose en el futuro en una profecía autocumplida.
Es por ello que, tanto los mayores como los jóvenes, somos responsables de la imagen que existe sobre la vejez en la sociedad actual, y con nuestras acciones, actitudes y pensamientos hacia un envejecimiento activo y saludable, participativo y solidario, podremos conseguir que la vejez sea una etapa plena de experiencias positivas, a la que nos resulte grato llegar y en la que los mayores vuelvan a ser considerados como una parte importante de nuestro entorno.

