A mi sobrina Blanca le gustó mucho lo que escribí el otro día y me ha dicho que me va a ayudar, pasándolo a un bloc que no es de papel sino que sale en el ordenador, en Internet… De estas moderneces sé poco, pero alguna vez me lo ha enseñado ella y me ha encantado… una vez vimos mi casa desde arriba, como desde un avión… ¡fue fantástico! A ver si saco tiempo y aprendo, aunque yo no tengo ordenador, que eso lo vi en casa de mi hermano. Además, ¿dónde voy yo con mi edad a aprender esas cosas? Pero Blanca me anima, que dice que sí, que es muy fácil, que lo va a hablar con mi hermano para que me traigan aquí algún ordenador de los que no usan para enseñarme. Veremos… porque tiempo no tengo mucho, como ya he dicho. Me dijo que en el centro municipal del barrio enseñan estas cosas, pero ¿dónde voy yo? Si no puedo dejar sola a mi madre… ¿o es que va a venir Blanquita a cuidarla? Que la niña es lo más majo que dan, pero no está para estas cosas, que ella tiene todo el futuro por delante y no voy a cargarla con su abuela.
¿Cuándo empezó lo del Alzheimer de mi madre? No sabría decir exactamente, pero yo llevaba ya un poco preocupada, porque de repente veía cosas que no me gustaban nada. Se le olvidaban asuntos que hasta entonces no había olvidado, como la comida que iba a preparar. Me la acababa de decir, y luego hacía otra… y yo, al preguntarle, no sé, notaba algo extraño, como si mi madre no supiera de qué le estaba hablando. Compraba la levadura que había comprado el día anterior, o los puerros, o las chuches para los nietos… La veía más lenta, con menos ganas de hacer cosas, de hablar con los críos cuando venían, y además cuando le preguntaba si le pasaba algo, se cogía unos enfados… Y cosas parecidas, que cuando se lo contaba a mis hermanos, sobre todo al que vive en Madrid, Gerardo –el padre de Blanca-, me decía que no me preocupara, que era lógico, que la edad, que además la muerte de papá dos años antes, y yo “erre que erre”, porque de verdad que yo sabía que no era normal, no sé, era una extraña corazonada. Es que cuando vives toda tu vida con una persona, lo sabes y ya está. Notas que algo pasa.
Pero hubo una circunstancia que ya me dijo “¡Puri, esto no es normal!”. Una tarde fuimos juntas a El Corte Inglés de Goya a comprarle una bata de dormir. Y, mientras yo pagaba, me dijo que se acercaba al baño que estaba cerca. Y allí se fue. Pero pasaban los minutos y no volvía, y cuando llegué al lavabo, allí no estaba mi madre. ¡Qué angustia pasé! Una señorita, muy amable, hizo que le avisaran por megafonía, como los niños pequeños cuando se pierden. Y, al final, apareció dando vueltas por la zapatería, sin saber muy bien qué hacía ahí. El caso es que la regañé: ¡qué horror! Yo, regañando a mi madre. Qué mal me supo esa noche, cuando antes de acostarme pensé un poco en cómo había ido el día –que yo eso lo hago todos los días, luego rezo un padrenuestro y un avemaría, tal y como me enseñaron las monjas cuando estudiaba Primaria-. ¡Qué horror! La había regañado y ella me había mirado de una manera extraña, diferente, como perdida, aunque rápidamente disimuló y con esa dignidad muy de los López me dijo que volviéramos a casa.
Así que, con la excusa de que tenía que ir por recetas, me acerqué al médico de cabecera y se lo conté. Me dijo que era mejor que a mi madre la viera el neurólogo… y ahí empezó todo, un montón de pruebas, muchas preguntas a ella, a mí… mantener informados a mis hermanos, y por fin, el diagnóstico: Alzheimer. ¡Cómo me hubiera gustado que estuvieran conmigo mis hermanos! El médico fue muy amable, me dijo que era un proceso largo, que además ahora se podía vivir mucho tiempo sin tener los peores síntomas, que había asociaciones que ayudaban a los familiares… y muchas más cosas, pero yo no las oía. No sé si me entenderán. Hay noticias que recibes que te dejan paralizada y con una especie de golpe seco en el cuerpo, que te acelera el latido del corazón. Parece que tu cabeza se está haciendo gigante y tus ojos se hayan quedado clavados en las cuencas, sin apenas moverse…
Actualmente, hay unos 800.000 enfermos de Alzheimer en España. Los cuidadores, generalmente mujeres de entre 45 y 55 años, pasan 732 horas al mes al cuidado del familiar enfermo, lo que supone 8 veces más que lo que trabaja un asistente profesional en una residencia. Menos de un 5% de las familias acuden a una asociación en busca de ayuda.
