José está muy preocupado con su memoria. Salió a la compra, y cuando entró en el supermercado, sabía que tenía que comprar 5 cosas, y sólo recordaba 3. Muy afectado, lejos de quedarse en el super haciendo memoria para intentar recordar lo que le faltaba, comenzó a pensar que estaba perdiendo la cabeza y decidió irse a casa.
José tiene un amigo, Juan, compañero de trabajo de toda la vida (algo mayor que él, al menos 5 años) que lleva varios años sufriendo demencia. Muy a menudo lo ve pasear de la mano con su mujer, pero cuando lo ve, él no le reconoce. Sonríe ante lo que le dice, pero no recuerda ni su nombre.
Quizás sea esta la razón que ha provocado la preocupación de José acerca de su memoria, o quizás no. Pero ha decidido no quedarse quieto, y averiguar si a él le está pasando lo mismo que a su amigo Juan.
Así que fue a ver a un amigo de sus hijos que es psicólogo, y le explicó que a veces se le olvidaban las cosas. Por ejemplo hay ocasiones en que se levanta para ir a la cocina y cuando llega allí no sabe para que iba; otras veces lo que le sucede es que no encuentra las gafas o la cartera; y a veces lo que más le agobia es que tiene una palabra en la “punta de la lengua” y no le sale.
Tras pasar por varias pruebas neuropsicológicas y médicas, y descartar enfermedades que pudieran provocar los olvidos de memoria, el psicólogo le explicó qué causaban estos olvidos y cómo podía solucionarlos.
Lo primero que le dejó muy claro el psicólogo fue que la memoria no se pierde irremediablente con la edad ni que las personas mayores tienen más problemas de memoria que los jóvenes, aunque es cierto que hay varias razones que nos hacen pensar que tenemos más problemas de memoria cuando vamos cumpliendo años.
El hecho de tener problemas para oir o para ver, determinadas enfermedades como la hipertensión o la diabetes, e incluso ciertos medicamentos, pueden afectarnos en nuestra actividad mental.
A veces olvidamos si hemos hecho acciones que realizamos habitualmente, como apagar el gas. La razón principal es que solemos hacerlas sin pensar en ellas, esto es, automáticamente, mientras que pensamos en otras cosas, como en la llamada de teléfono que acabamos de recibir o en lo que vamos a hacer de cena.
En otras ocasiones olvidamos dónde hemos dejado las gafas o las llaves, pero debidos en gran medida a que no hemos sido cuidadosos a la hora de dejar estos objetos en un lugar concreto.
Lo que más nos agobia en situaciones sociales es olvidarnos del nombre de alguna persona o no encontrar la palabra precisa que queríamos decir. Esto nos ocurre a todas las edades, aunque somos más conscientes de ello cuando somos mayores, y utilizamos menos estrategias que los jóvenes para localizar esa palabra que no nos sale, ofuscándonos en encontrar la palabra o el nombre adecuado, y perdiendo el hilo del resto de la conversación.
Y no debemos olvidar que nuestra propia historia personal, nuestras experiencias personales y profesionales pueden influir en el funcionamiento de nuestra memoria, pudiendo encontrar diferencias entre el encargado de una tienda que ha trabajado con gran cantidad de datos y números, y un fontanero que ha desarrollado otras habilidades más prácticas de resolución de problemas.
