En estos días  rememoraba el nacimiento de mi hijo Alberto y lo hacía con los ojos de la memoria puestos en aquella noche, en lo que la noche nos trajo, lo que ella en su oscuridad sin saberlo nos envió, que no era otra cosa como ya sabéis por el post anterior, al que os remito, que a mi hijo. Aquella misma noche se nos pegó con dolor y amor que es la pegadura que suelda más fuerte. El tiene ahora veinticinco años llenos de su vida y de la nuestra. La suya nos la presta continuamente sin intereses a través de los años.

Pero esa noche no había tenido lugar aun, el tránsito de los años sino el nacimiento de un Síndrome de Down que conlleva el narrar de forma estricta la entrada al quirófano y el transcurrir de lo que acontece hasta que Alberto nace. Aquella noche fue mi noche y la pasé acompañado de la soledad, en el parto y después del parto.

A raíz del relato he recibido algún comentario y entre ellos uno con juicio de valor, juicio de parte interesada y dolida. Tal juicio es de Eduardo, hermano de Alberto, mi segundo hijo mayor. Este derroche de míos, cuatro, es un orgullo, mío. A Eduardo le duele el dolor de la narración y focaliza su comentario en la intensa carga de mil otras cargas intensas que, en apariencia, cierran las salidas, te alejan de lo divino y acentúan la tragedia si la hubiera de haber, aquella que se cierne sobre el hermano.

La narración anterior tiene lugar porque aquellos que ayudan a la discapacidad nos piden que demos a conocer la discapacidad y con el blog anterior me ciño justamente a lo que fue la aparición de “ella” en nuestra familia y narro, por tanto, su nacimiento y la manera en que hace acto de presencia la diferencia. Solo se circunscribe aquél relato a esa noche y esa era, noche de reyes crueles. Pensé que era necesario cuando hablas de comienzos empezar por el comienzo y, efectivamente así comenzó el comienzo. En él, no quedaba lugar, Eduardo, para moraleja alguna que suavizara una presentación pública que carece de ella por sí. El lugar pudiera ser este que los años suaviza y sabes del gozo.

Es fácil imaginar que, tras una noche como aquella todo lo que teníamos por delante una vez asumido Alberto era nada menos que Alberto: amor, trabajo fácil, agradecimiento, y a que todos tuviéramos siempre cosas que hacer: por él, la Fundación, por él escribo y en parte gracias a él vivo. Al tiempo que aprendía a aceptar su discapacidad descubría y aceptaba la mía, quizás peor que lo hace él. Ninguna discapacidad (creo yo) es una bendición, por tanto, simplemente cada uno en su casa… Él tiene suficiente con lo suyo como yo tengo suficiente con lo mío, al abrigo ambos a veces, de aquellos que nos ayudan.

Toda la unión que tengo con mi hijo, se la debo a mi hijo que me ama y lo noto y, cuando puede me engaña y siempre lo noto porque lo suyo, lo noto todo.

Eduardo, aquella noche representaba una tragedia que finalizaría con la noche. Las tragedias nunca acaban bien, además el coro presentaba los hechos en silencio, después, nos quedaría el tiempo, hermoso como la tragedia.