[Continuación del artículo Nace un Díndrome de Down (I)]

by Esparta

Foto:by Esparta

…Yo era semejante a la mesa o más inútil aun, aunque no era cómplice, que sólo era quietud intensa, tensa. Veía esas miradas y me sentía partícipe de no sabía que, pero de algo que se me estaba enredando por dentro y que lo acentuaba el silencio de un murmullo de palabras que no comprendía o que no oía.
Todo se invirtió en aquella sala, del hablar al callar; de la prisa mecánica a la lentitud extrema que embaraza; del dolor que tienes y que no es tuyo y lo debes entregar más tarde, cuando recibes aquello que no esperas: el alumbramiento de la angustia de los otros. Aquello no era normal. La consecuencia normal de toda aquella secuencia, y que aparecía y que era carne de su carne y de mi carne fue, que mi hijo ya nacido venía acompañado, también él, por el Síndrome de Down.

Se marchó el tiempo, se fue después la tensión y allí quedaron el Síndrome de Down y la angustia. Ella se despediría más tarde con apuro y a él lo adoptamos con amor, para siempre. Más adelante, otro día, os contaré como le oculté a la vida aquella otra vida, pero no os diré de qué manera lo hice.

Aquella noche le oculté a la vida como era la otra vida intentando ganar tiempo. El tiempo no se gana nunca, se pierde siempre. Sonreía fuera y lloraba dentro, aquella noche recé, inmensa la noche, inmenso el rezo. Pedí a Dios poder dormir un poco para que al despertar, aquellos acontecimientos hubieran sido sueños susceptibles de ser retocados por el poder infinito. Pero no me dormí, por lo cual no me desperté y por tanto no hubo sueño. Mi adorable hijo, mi maravilloso hijo sigue acompañado de su Síndrome de Down y yo no he vuelto jamás a rezar a Dios, si acaso a las piedras o a las estrellas, hermosas  y lejanamente finitas.

Conocí entonces, sentí, un agudo síntoma de lucidez que se tradujo en la certeza, absoluta, de una larga sospecha: que a Dios debes llegar con caballo ganador, blanco, con lo cual en vez de pedir tienes la opción de agradecer. Vislumbro que se pide con las manos juntas porque existe un convencimiento innato, pronto o tarde, de que nadie te las va a llenar.