
Foto:Daniel Lobo para Daquella manera
Una bata, un gorro, una mascarilla y unos patucos; con esa carga, liviana y verde, amen de la determinación, y con permiso médico, pude pasar a la sala de partos de la Clínica Cobesa en la calle del General Mola. No existe la clínica, actualmente convertida en hotel de lujo con múltiples banderas, ni existe tal calle con tal nombre, ni existe el General de guerra infausta y fratricida, mudables estas cosas como todas las cosas que nacen. Pero el resto, completo, aunque no está, existe dentro de mí grabado en largos y densos minutos, larguísimos instantes. Por fin asistía al nacimiento de uno de mis hijos, al nacimiento de Alberto, mí cuarto hijo.
A los partos anteriores no me fue permitida la entrada pues eran las normas de la normativa vigente. Aquella visión que yo veía de mí, de mi presencia allí marcaba un hito, significaba la asistencia directa a un acontecimiento deseado siempre, querido y esperado durante varios hijos, que ahora llegaba. Un hecho que la sabiduría popular considera inolvidable. La subida del telón para asistir al comienzo de la vida en un solo acto. Pero lo que empezó como drama se tornó tragedia que, en efecto, será inolvidable. Juro por el Styx, que de esta forma quedará mientras mi conciencia exista y me asista. Ni el parto, ni el escenario, ni las secuencias, ni las consecuencias, ni a los personajes olvidaré.
La visión de un alumbramiento presupone un conjunto de sensaciones que lo abarcan todo, curiosidad, amor, dolor, incomprensión, nausea y más. Pues a la vida, al principio de la vida le debería llegar todo completo aunque le llegara balbuceando. Los pasos que observas con atención van desde el drama al éxtasis pasando por la angustia y la ignorancia. De lo ordinario a lo extraordinario cruzando el puente hacia lo increíble que resulta el nacimiento de dos opuestos universales, alucinantes, diferenciados por el alma o su carencia: la vida y la muerte que aparecen al unísono. Una será omnipresente, la otra permanecerá latente hasta un relevo crucial y fratricida que una de las partes siempre, siempre la misma, ignorará.
La secuencia que se desarrolla ante quién asiste a un parto, dicen que debe ser, ¡que tendría que ser!, una sucesión de pasos secuenciados que ocurrirán ante tus ojos con diferentes velocidades, posibilidades, escenarios, expectativas, y que te llevarán de unos a otros sin secuencia definida, pasando por lo que haya que pasar. Que se reduce, con simpleza, a que dos personas sacan vida de la vida, mientras tú observas estupefacto en tu papel de inasistente presente marmóreo.
En este parto, mí parto, su parto; no se llegó al éxtasis, el tiempo se demoró y nos miró a todos lentamente. Y cuando hizo su aparición la angustia, el instante se casó con ella, se quedó a vivir con ella y se alargó hasta el infinito. Estaba siendo más complicado de lo habitual y a todos se nos presentó la tensión, que acompañaba a la angustia. Fue un amplio repertorio de presentaciones para aquel lugar que sólo esperaba a mi hijo, y como no estaba previsto que algo distinto se presentara, nos alteró.
Una vez que la cabeza -ensangrentada- estuvo fuera, comenzaron los cruces de miradas junto a pasos imprevistos hacia ninguna parte, y paradas inciertas de la acción, que yo presuponía como impropias de un parto. Cruces de complicidad profesional entre médico y partera que sólo ellos entienden. Acentuados, después, por la acción de las miradas y la no acción de ellos, con mi hijo ya fuera de su madre y colocado sobre aquella mesa fría que le soportaba callada, a él.
(Lee el el final de este artículo el próximo miércoles 8 de julio en este mismo blog).

Impresionante,me ha llegado directamente a un sitio escondido de mi alma al q es tan dificil acceder,muchas gracia,de corazón