Soy voluntaria de la Asociación Española Contra el Cáncer desde 2002. Mi nombre, mi edad,… ¿qué importan?, lo realmente importante es el SERVICIO que prestamos a los enfermos de cáncer y yo lo realizo en domicilio; en muchos casos, con pacientes que inexorablemente están llegando al “atardecer de la vida”. Esta etapa de la vida, lejos de vivirla como un drama, la considero un enorme privilegio, pues me permite estar presente en uno de los pocos momentos trascendentales de la vida de un ser humano, en el que nos manifestamos todos “desnudos” de apariencias. Lo doy todo por mi parte, pero recibo en contrapartida “70 veces siete”. Me sale de lo más hondo transmitirle al que sufre mi empatía, mi alegría, la esperanza, la fe, mi mano amiga, calor humano, mi energía, a la vez que éste contacto ME REGALA un ejemplo constante de resignación; los enfermos y sus familias, en la mayoría de los casos, con su actitud tolerante hacia la enfermedad, me transmiten paz y me enseñan “el arte de saber estar ante la adversidad”. Recibo cariño, aprecio, confianza, sinceridad, familiaridad, reconocimiento y una gran satisfacción por el deber cumplido y por lo útil que todavía, gracias a Dios, se que sigo siendo.
