Cuando decidí dedicar parte de mi tiempo al voluntariado, sentí que en ese momento tenía fuerzas para poder acercarme a aquellas personas que pasan por una experiencia tan traumática como es el padecer una enfermedad terminal. También sabía que no era cosa sencilla.
Tanto las personas que lo padecen como sus familiares o cuidadores principales necesitan, aunque sólo sea por algunos momentos, tratar de desconectar de la enfermedad y de todo aquello que la rodea.
Nuestra intención es acompañar, escuchar, dar conversación, en una palabra: ESTAR. Es en esos momentos cuando el familiar aprovecha para disponer de un tiempo para sí mismo. De este modo, el voluntario realiza una doble labor: con el enfermo, dándole compañía, y con el cuidador, permitiéndole evadirse durante el tiempo que permanecemos con el enfermo.
En las visitas hablamos de diversos temas, conversaciones muy agradables, pues detrás de cada persona hay una historia con vivencias muy interesantes. Nos reímos, esto es lo que más me gusta, cuando logras arrancar una risa. Es como si por esos instantes se alejaran de todos los problemas. Otras veces, simplemente escuchas activamente y, en otras ocasiones, les acompañas en el llanto. Ello también supone un desahogo. Lo difícil en esta situación es mantener el tipo. Transmitir confianza, comprensión, empatía, y todo ello sin derrumbarte.
Cuando reflexionas sobre tu labor como voluntario de paliativos te das cuenta de los momentos tan delicados que llegas a compartir con las familias que te han abierto las puertas de su casa y de su vida, en situaciones en las que se es muy vulnerable, en las que salen a la luz aspectos de las personas que tal vez ni ellos mismos sabían que existían, descubriéndose de nuevo. Y tú estás ahí, siendo testigo de todo ello, en silencio, y te sientes muy agradecido por toda la confianza que han depositado en ti.
