Si alguien me preguntara en qué consiste mi trabajo, toda su esencia podría quedar resumida en estas dos acciones, “ayudar a vivir, aprender a morir”.
Los cuidados paliativos constituyen el instrumento profesional específicamente dirigido a cuidar de la persona enferma, a eliminar -si se puede- o, al menos, a reducir al máximo posible los efectos más crueles de las enfermedades, sus consecuencias más penosas. El dolor, el vómito, la discapacidad, la soledad, el miedo, el insomnio, la tristeza y una interminable lista de síntomas que interfieren con la vida de la persona enferma (y con la de sus familiares), son susceptibles de ser tratados, eliminados o reducidos a la mínima expresión posible.
Pero no sólo eso. La persona, aún enferma, tiene una potencialidad que ha de seguir desarrollando. Estar enfermo no supone dejar de vivir. Al contrario, vivir debe seguir siendo el objetivo prioritario. Y vivir lo mejor posible, el permanente anhelo que acompaña al ser humano, antes de la enfermedad y con la enfermedad.
Ayudar a vivir a quien está enfermo, ese es el objetivo fundamental de los cuidados paliativos y, además, ayudar a vivir dignamente, a recibir los apoyos y ayudas que se necesiten y cuando se necesiten, y a vivir sin que nadie se apropie del timón de su propia vida, respetando valores y creencias. La formación y profesionalización de los cuidados paliativos es una obligación de nuestra sociedad pues recibir una adecuada asistencia paliativa es un derecho de todas las personas.
Sin embargo el recorrido de los cuidados paliativos no termina aquí. La enfermedad progresa y el final, la muerte, acabará por llegar. Y tenemos que saber actuar para que la muerte llegue con la misma naturalidad que llegó la vida, para que el sufrimiento sea el menor posible y para que la experiencia de vivir, haya merecido la pena hasta el final.
Trabajar en cuidados paliativos supone entender la existencia de la muerte como final de la enfermedad crónica e irreversible. Y esto es para todos, para los que hoy son enfermos conocidos y, también, para los que quizás algún día habremos de serlo.
Y cada experiencia de muerte que vivimos constituye un plus de aprendizaje a base de comportamientos, de actitudes, de emociones como miedo, lucha, llanto, resignación, rabia, incredulidad, desesperanza, felicidad, serenidad, gratitud, abandono, respeto, cariño, sensibilidad, apoyo o esperanza. Una interminable lista de emociones humanas que no por conocidas dejan de tener su impacto en todos, también en los profesionales.
Y de cada experiencia vivida, se obtienen nuevas experiencias que podrán servir de ayuda para las siguientes. Y, más o menos conscientemente, también para la de uno mismo. Que la muerte nos horrorice tanto tiene mucho que ver con la imposibilidad de no dejar de pensar en la propia cuando nos enfrentamos a la muerte de otros. Quienes trabajamos en cuidados paliativos, en este sentido, tenemos la suerte de poder aprender a morir.
L. Maroto Gómez
aecc-Segovia
