Me emociono y se me saltan las lágrimas recordando ese día que aparecí con Silvia, ya en su fase terminal en tu despacho y más tarde, la siguiente visita, con mis tres hijos. Todos en aquel momento y cada uno a su manera estábamos en una fase terminal. Desde el diagnóstico de Silvia en el año 2002, empezamos un camino lleno de problemas, de dificultades, de incertidumbres, de miedos, de momentos llenos de esperanzas seguidos inmediatamente de momentos de profunda depresión y desconsuelo. Cuando llegamos a tu consulta allá por mayo de 2006, ya estábamos totalmente perdidos de cómo poder gestionar aquel desastre emocional que nos invadió a todos y no éramos capaces de ayudar a nuestra querida Silvia de ninguna de las maneras. Fue una pena no conocerte antes, podrías haber ayudado a Silvia muchísimo más.
Cuando terminó aquello, después de cinco años horribles, yo me quedé totalmente agotado, exprimido, algo así como plano en todos los aspectos de mi vida. Durante casi un año estuve como vagando fuera de mí, totalmente muerto, fue como si hubiera perdido los sentidos. Me movía como si fuera una máquina, un zombie andando a oscuras. No sabía qué hacer con mi vida, con mis hijos, con el trabajo… Todo había perdido sentido.
Me quedé atrapado, iba y venía hacia ningún sitio, algunos días con una actividad frenética que no era otra cosa que una huida no sé de qué, y otros con una profunda depresión atrapado en el sillón de mi casa sin capacidad para mover ni un solo músculo.
Fue entonces cuando me llamaste tú invitándome a participar en una terapia de grupo para personas que habían tenido una vivencia similar a la mía. Te tengo que confesar que estuve a punto de no ir, porque nunca creí en esto de los psicólogos y las terapias y todo esto, siempre lo consideré incluso despectivamente como cosas de gente aburrida y despreocupada sin nada mejor que hacer. Pero mira por dónde las sorpresitas de la vida me tenían preparada esta ejemplar cura de humildad que nunca olvidaré.
Con estas dudas, y por aquello de “no tengo nada que perder”, me planté allí en tu consulta, reunido con otras tantas personas con las caras descompuestas. El primer día fue terrorífico, tener que recordar toda mi historia me causó mucho dolor y escuchar la historia de todos los demás fue desgarrador. Otra vez tengo que hacerte otra confesión, me fui aquel día de allí con la convicción de que no volvería a la siguiente cita a los quince días.
Recuerdo que al poco te lo comenté, no quería no aparecer sin más, y me dijiste que procurara ir dos veces más y si no me gustaba que lo dejara. ¿Lo recuerdas? Durante esos quince días pensé mucho en aquella sesión, le daba vueltas y vueltas a lo que allí había pasado y me di cuenta de una cosa que de alguna manera me animó: a casi todos los que estaban allí los veía bastante peor que yo. Quizás sea esto una postura muy egoísta, pero es la verdad, fue esta circunstancia, no sé por qué, la que me hizo volver.
Se fueron sucediendo las sesiones cada quince días y a medida que pasaba el tiempo cada vez me encontraba más cómodo allí. Me sorprendía a mí mismo, hablando y contando cosas que nunca jamás hubiera hablado con nadie, pero allí, contigo, me encontraba bien, me sentía a gusto y sobre todo me sentía protegido.
A los tres meses, en aquella mesa ya no se lloraba, las caras descompuestas de los primeros días estaban ahora relajadas y las miradas tristes y perdidas cada vez eran menos. Tres meses más y era raro el día que no nos reíamos a gusto por uno o por otro motivo y sobre todo ya no se miraba hacia atrás, ya no hablábamos de lo mal que lo habíamos pasado y toda la conversación se centraba en el futuro, en un futuro optimista.
Parecía que no hacías nada, que sólo moderabas la tertulia, pero en realidad nos ibas mandando los mensajes… las palabras clave… la aceptación… la despedida… el nuevo yo… y así tantas cosas más. El pasado mes de diciembre yo empecé a volar, empecé otra vez a sentirme el pulso, empecé a comprender todos tus mensajes, empecé a descubrir que había un nuevo Pedro que es el que ahora mismo te está escribiendo, al que le han vuelto las ganas de vivir, que está otra vez lleno de ilusiones, de energías, de proyectos, que está recuperando todos los aspectos de su vida y que encuentra otra vez que tiene muchas cosas que dar. Tenía necesidad de contarte todo esto, Enia, porque sin tu ayuda creo que hubiera acabado abandonándome definitivamente. Quería contarte que me encuentro muy bien, cada día mejor, creo que te gustará saberlo y quería agradecerte con toda la intensidad que te mereces todo lo que has hecho por mí y por mi familia, no lo olvidaré jamás. Ya sabes que llevo tu huella escrita en mi cabeza.
También me gustaría que hicieras llegar nuestro agradecimiento a los responsables de la aecc, felicitarles por la gran labor que hacen y animarlos a seguir adelante. El trabajo anónimo y desinteresado de todo el equipo que han conseguido formar es un gran tesoro del que deben sentirse muy orgullosos.
Pedro
Sevilla

Me alegro muchísimo de que haya gente que ayuda tanto a los demás, porque a su vez ayudan a todos los que están alrededor de aquellos a los que ayudan.