Todos los ojos de la familia, incluidos los de la persona cuidadora, están puestos en la atención al mayor dependiente. Al mismo tiempo, silenciosa para quien no quiere escuchar, invisible para quien no quiere ver, la salud de persona cuidadora también reclama atención.

Mucha energía. Mucho ánimo. Mucha dedicación. Mucho amor. Mucho de casi todo necesita la persona cuidadora para afrontar la tarea de atender a un familiar dependiente. Y aunque todos estos condimentos suelen ser ilimitados, el límite suele ponerlo el estado de salud de la persona cuidadora, que empieza a deteriorarse como consecuencia de la tarea que desarrolla.

¿Cómo “leer” ese lento flaquear en la salud de la persona cuidadora? Los expertos disponen de escalas reconocidas internacionalmente que permiten medir si la tarea que desarrolla la persona cuidadora está suponiendo una sobrecarga física y emocional; por ejemplo, el Test de Zarit. Pero ciertamente no hay que ser experto para darse cuenta cuando eso sucede, porque los cuidadores suelen dejar muchas pistas.

Muchas de las señales son físicas. La persona cuidadora ya no tiene la misma energía, se siente cansada, y paralelamente se desatan o exacerban algunas conductas poco habituales en ella, como los problemas de memoria, la dificultad para concentrarse, el aumento o la disminución del apetito, y el incremento en el consumo de bebidas, tabaco y/o fármacos. Pero junto con el físico también flaquea el espíritu: las relaciones sociales se van desgastando y la persona cuidadora se aísla, perdiendo interés por actividades y personas que anteriormente lo tenían; enfados fáciles y sin motivos aparentes; cambios frecuentes de humor o de estado de ánimo; irritabilidad; nerviosismo; sentimientos de tristeza y frustración, hasta de culpa.

La salud de la persona cuidadora reclama atención. ¿Y si los demás miramos por ella?